Hubo una vez un hada maldita, un duende triste, un ogro amable, una princesa puta, una madrastra buena, un rey falso, un sastre mediocre, una cenicienta despierta, un telar que no tejía, un búho que no sabía y un caballo que no andaba. Hubo unicornios sin cuernos, una ciénaga sin ranas, una espada de piedra y una piedra de sal. Hubo un reino sin rey, un pueblo sin casas, un humano sin corazón, una cama sin colchón y una granja sin animales.
Hubo una vez un mundo donde los cuentos terminaban mal.
Existió en ese mundo un niño. Nació una noche sin luna y sin estrellas, despojado del amor de unos padres que le quisieran fue abandonado a la suerte de los malditos. El niño era rubio, de ojos claros, pequeño, muy pequeño. Tenía unos labios carnosos, delicadas manos regordetas y los pies grandes; una cara redonda y una nariz pequeña; una barriga desnutrida y piernas flacas y feas.
Hubo una vez una ciudad sin gente, un espejo deformado, una proyección astral, un mundo vacío. Hubo una vez una parada de autobús, una minifalda larga, unos zapatos sin suela, unas manos sin dedos; hubo bares sin alcohol, tabaco sin química, música sin ritmo, drogas inocuas, placebos dañinos. Hubo coches si ruedas, fábricas sin humo, torres derribadas, parques sin niños, niños sin padres, padres sin serlo, tiendas de ropa sin ropa, cajeros sin dinero, bancos sin maderas, joyas de alpaca.
Hubo una vez una niña que vivió en ese lugar.
La niña nació en un contenedor de basura, en un trastorno de noches perdidas, entre placentas desnutridas y sangre que cubría su cuerpo. La niña miraba con sus marrones ojos el mundo, parado y acomplejado de sus propias desgracias. Su pelo era azabache, sus manos regordetas y sucias, uñas largas que atentaban en su piel haciéndole heridas. Barriga pronunciada, piernas flacas y huesuda toda ella.
Hubo una calle sin luces, una figura sin sombra, una farola sin bombilla. Hubo una mentira piadosa, una palabra perdida, un coche abandonado, un conductor muerto. Hubo sangre y más sangre, hubo rojos oscuros, marrones y azules incomprendidos. Hubo miradas a la nada, corazones que no latían, sinceros asesinos de piedad. Hubo penas sin pesares, escaleras sin escalones y barandillas sin varas; hubo un momento oportuno, un minuto de silencio.
Hubo un niño que no era niño, que caído jugaba con las sombras que por fin conoció.
Hubo una niña que avanzaba, que en el tiempo caminaba sin caminar por él.
Hubo una esquina, un minuto, un momento y un tropiezo.
Hubo una mirada, una casualidad compartida y dos cuerpos cayeron al suelo.
Él la miró, desconcertado, sin saber lo que miraba. Ella hizo lo propio y fijó sus marrones en el desnudo cuerpo de él.
Hubo entonces conocimiento, comprensión, hubo sueños compartidos y ansias reflejadas en los edificios cercanos.
Hubo un asfalto caluroso, una palabra no dicha y un abrazo no dado. Hubo desconfianza entre ellos, sonrisas tímidas, taimadas; hubo un minuto de lucha, de agobio, de gritos y sinceros lloros.
Hubo roces de cuerpos nuevos, hubo sensaciones no experimentadas, caricias primerizas y nervios que afloraban. Un vacío se llenaba, una nada se expandía y el abrazo fue dado.
Hubo entonces un instante, un primer beso, un eterno deambular de neuronas. Hubo química pura, física incombustible, fuegos que quemaban y hielos que surgieron.
Hubo relatos no contados, historias no acabadas, miedo en su mirada y destrozos en cuerpos humanos.
Hubo sangre, más que nunca; hubo lloros, más que nunca; hubo un adiós que dejó muertos a los que ya estaban muertos.
Hubo un tiempo que, a fuerza de ser viejo, dejó de ser tiempo.