martes, octubre 28, 2008

Hubo una vez muchas veces

Hubo una vez un hada maldita, un duende triste, un ogro amable, una princesa puta, una madrastra buena, un rey falso, un sastre mediocre, una cenicienta despierta, un telar que no tejía, un búho que no sabía y un caballo que no andaba. Hubo unicornios sin cuernos, una ciénaga sin ranas, una espada de piedra y una piedra de sal. Hubo un reino sin rey, un pueblo sin casas, un humano sin corazón, una cama sin colchón y una granja sin animales.
Hubo una vez un mundo donde los cuentos terminaban mal.

Existió en ese mundo un niño. Nació una noche sin luna y sin estrellas, despojado del amor de unos padres que le quisieran fue abandonado a la suerte de los malditos. El niño era rubio, de ojos claros, pequeño, muy pequeño. Tenía unos labios carnosos, delicadas manos regordetas y los pies grandes; una cara redonda y una nariz pequeña; una barriga desnutrida y piernas flacas y feas.

Hubo una vez una ciudad sin gente, un espejo deformado, una proyección astral, un mundo vacío. Hubo una vez una parada de autobús, una minifalda larga, unos zapatos sin suela, unas manos sin dedos; hubo bares sin alcohol, tabaco sin química, música sin ritmo, drogas inocuas, placebos dañinos. Hubo coches si ruedas, fábricas sin humo, torres derribadas, parques sin niños, niños sin padres, padres sin serlo, tiendas de ropa sin ropa, cajeros sin dinero, bancos sin maderas, joyas de alpaca.
Hubo una vez una niña que vivió en ese lugar.

La niña nació en un contenedor de basura, en un trastorno de noches perdidas, entre placentas desnutridas y sangre que cubría su cuerpo. La niña miraba con sus marrones ojos el mundo, parado y acomplejado de sus propias desgracias. Su pelo era azabache, sus manos regordetas y sucias, uñas largas que atentaban en su piel haciéndole heridas. Barriga pronunciada, piernas flacas y huesuda toda ella.

Hubo una calle sin luces, una figura sin sombra, una farola sin bombilla. Hubo una mentira piadosa, una palabra perdida, un coche abandonado, un conductor muerto. Hubo sangre y más sangre, hubo rojos oscuros, marrones y azules incomprendidos. Hubo miradas a la nada, corazones que no latían, sinceros asesinos de piedad. Hubo penas sin pesares, escaleras sin escalones y barandillas sin varas; hubo un momento oportuno, un minuto de silencio.



Hubo un niño que no era niño, que caído jugaba con las sombras que por fin conoció.
Hubo una niña que avanzaba, que en el tiempo caminaba sin caminar por él.
Hubo una esquina, un minuto, un momento y un tropiezo.
Hubo una mirada, una casualidad compartida y dos cuerpos cayeron al suelo.



Él la miró, desconcertado, sin saber lo que miraba. Ella hizo lo propio y fijó sus marrones en el desnudo cuerpo de él.
Hubo entonces conocimiento, comprensión, hubo sueños compartidos y ansias reflejadas en los edificios cercanos.
Hubo un asfalto caluroso, una palabra no dicha y un abrazo no dado. Hubo desconfianza entre ellos, sonrisas tímidas, taimadas; hubo un minuto de lucha, de agobio, de gritos y sinceros lloros.
Hubo roces de cuerpos nuevos, hubo sensaciones no experimentadas, caricias primerizas y nervios que afloraban. Un vacío se llenaba, una nada se expandía y el abrazo fue dado.



Hubo entonces un instante, un primer beso, un eterno deambular de neuronas. Hubo química pura, física incombustible, fuegos que quemaban y hielos que surgieron.



Hubo relatos no contados, historias no acabadas, miedo en su mirada y destrozos en cuerpos humanos.
Hubo sangre, más que nunca; hubo lloros, más que nunca; hubo un adiós que dejó muertos a los que ya estaban muertos.



Hubo un tiempo que, a fuerza de ser viejo, dejó de ser tiempo.

miércoles, octubre 08, 2008

A quoi ca sert L’amour




Visto en "www.achingao.com"

miércoles, octubre 01, 2008

Señor juez, o quien sea:

cuando yo me muera
cúlpese a todo el mundo

hágame el favor señor juez
de armar un tremendo pedo

póngase bravo, afile el colmillo
que todos se hagan responsables

embargue los bancos
las residencias

que paguen

que no se hagan weyes señor juez
que indemnicen a mi cadáver
que se les paguen horas extras a las lombrices

que nadie se escape
que todos al calabozo
o al paredón
o a chingar a su madre

pero que cada uno de los vivos
se muera conmigo

usted mismo electrocútese
o pegue el brinco a la hoguera

que mis padres vayan a juicio
por dejarme morir

que a Oss le den ochomil años de cárcel
por hacerme tanta falta en la tumba

que se rompan todos los focos
de esta ciudad
que se vacíen las cervezas en las coladeras
que un ejército de ratas
siga mi cortejo fúnebre

que en mi entierro también ellas se hundan

asegúrese de que a cada mujer
se le rebane un seno
que las mamilas de mis hijos se rellenen
con leche y con ponzoña

que me saquen los dos ojos
y que en los agujeros
metan los huevos de mi único enemigo

que me den una última merienda
que me sambutan la lengua de Kikewaa
en la boca

señor juez, señor juez
o quien sea que quede vivo
cuando yo me muera
muérase conmigo
no sea marica
culero

señor juez
o señor de la basura o barrendero
o quien encuentre mi cuerpo:

no me deje aquí
no pegue carrera
siéntese un ratito
sacúdame la tierra

le contaría un cuento
un chiste o de mi día en la facu,
si pudiera

¿se dio cuenta cómo la muerte
lo hace humilde a uno?

le baja los humos lo convierte en lodo
le arranca los dientes

por eso
no se vaya

si no se muere el mundo no importa

es únicamente que

de pronto

me sentí muy sola

Sponsored By